Estos días tengo entre manos un interesante y ameno libro de Juan Tugores, Catedrático de economía, amigo y sobre todo ciudadano comprometido. El titulo ya dice muchas cosas "El lado oscuro de la economía" y el subtitulo aún más "Lo que no quieren que sepas sobre la crisis". Pero sobre todo es su contenido el que aporta datos rigurosos - sin dejar de ser inteligibles - y capacidad de análisis alternativo.
Lo más significativo es que Tugores en su análisis huye y rechaza este gregarismo social que nos ha situado tan cerca del abismo, del que aún no nos hemos separado demasiado. Un gregarismo que si bien es condición innata al ser humano, adquiere características de epidemia en el mundo en que se encuentran y entran en maridaje economía y comunicación.
Las circunstancias han querido que mientras el Presidente del gobierno, el Sr. Zapatero, esta vendiendo social y parlamentariamente su Ley de economía sostenible, el profesor Tugores nos recuerda que esto del cambio del modelo productivo no se consigue ni con leyes, ni con llamadas retóricas al bien común. Y que los agentes económicos no se comportan por razones morales, si no por intereses económicos. Y que si no hay una inversión drástica de los incentivos que nos han llevado a este perverso modelo de crecimiento no hay cambio de modelo económico que valga.
Desde hace alguno tiempo la incapacidad de la política para regular la economía y la sociedad global se viene expresando en lo que en términos jurídicos se denomina "soft law". Una técnica que nace del derecho internacional y que se ha trasladado a las leyes nacionales. Son leyes que se limitan a describir abundantes principios, intenciones políticas, pero escasas reglas y obligaciones. En España tenemos abundantes ejemplos, pero el más significativo es la conocida como "ley de Igualdad". Una ley "portaviones", donde cabe de todo, donde todo puede aterrizar, pero donde las normas aplicables y los derechos que pueden ser exigidos son escasos.
Mucho me temo que la ley de economia sostenible es otro de los ejemplos de "Soft law".
Y como nos recuerda Juan Tugores para que la apuesta por el cambio de modelo productivo sea creíble hay que poner en marcha políticas que supongan un cambio de incentivos.
El único cambio de modelo productivo real pasa por desincentivar el uso privado ilimitado del suelo o sea incorporando el concepto del suelo como bien publico. Desincentivando el uso del suelo como mecanismo de obtención de plusvalías que suplan la falta de ingresos fiscales de las administraciones, o sea garantizando ingresos suficientes a las administraciones, especialmente las locales. Desincentivando la discrecionalidad absoluta de los Ayuntamientos en sus políticas urbanísticas. Desincentivando el uso del suelo como mecanismo de financiación de los partidos políticos o sea incentivando la transparencia total en las donaciones a partidos. Desincentivando los procesos de rendimientos cortoplacistas de nuestro sistema financiero, o sea penalizando fiscalmente los beneficios así obtenidos. Desincentivando la utilización de las PIMES como mecanismo de ajuste de costes y externalización de riesgos, tanto por parte de otras empresas, como de las administraciones públicas, a través de políticas de descentralización productiva ineficientes. Desincentivando el uso intensivo de la mano de obra desregulada y precaria, o sea incentivando la innovación. Desincentivando la utilización de mano de obra no formada o sea retribuyendo adecuadamente la formación de los trabajadores. Desincentivando la cultura social de la antifiscalidad o sea demostrando que solo con una fiscalidad suficiente y progresiva es posible una sociedad avanzada económica y socialmente. Desincentivando la externalización de costes ambientales y el uso abusivo de los entornos y el medio ambiente o sea penalizando fiscalmente estas conductas y premiando las que internalizan los riesgos ambientales.
Y así una larga lista de cambios en los incentivos económicos hoy dominantes.
Para ello no necesitamos ninguna Ley portaaviones, pero si una larga lista de actuaciones que suponen una clara discontinuidad, cuando no ruptura con el comportamiento de los agentes económicos y políticos.
Esta es la verdadera reforma que necesitamos. La reforma de la empresa y de su sentido social.