dimarts, 1 de setembre de 2020

UN NUEVO REPARTO DE CARTAS

 Os dejo, con un poco de retraso, el artículo que me publican los amigos de 


"Argumentos Socialistas" en su revista.

                                                                                                                                                                                                                   

UN NUEVO REPARTO DE CARTAS

                  Joan Coscubiela

 

        

                          Ex dirigente sindical y diputado 

 

 

 

 

La reconstrucción económica debe centrarse principalmente en el desarrollo industrial (en un sentido amplio, que incluye desde el sector agroalimentario hasta los servicios a la producción y la Construcción en su dimensión industrial). Es cierto que existen obstáculos en contra, pero también hay algunos elementos a favor. En todo caso, no basta con acciones dispersas; es necesaria una cierta estrategia global, e incluso una cierta planificación estratégica

 

Afrontamos uno de los momentos más difíciles, por su complejidad, de la historia de la España democrática. A las grandes disrupciones que ya estaban en marcha, se suman ahora los impactos producidos por la crisis del coronavirus. 

La dinámica previa a la covid-19 ya apuntaba a que se está produciendo un nuevo reparto de cartas a nivel global, en el que de nuevo China –aunque mejor sería decir Asia– va a ocupar el lugar central que siempre ha jugado en la historia de la humanidad, salvo durante dos siglos. 

En este nuevo reparto de cartas, el imaginario croupier –que algunos identifican con ese mercado al que el neoliberalismo ha encumbrado como gran regulador de nuestras vidas– está recogiendo las fichas que repartió durante la etapa de capitalismo industrial y las distribuye de nuevo con otra lógica distinta, la del hipercapitalismo financiarizado. 

Nada garantiza –pero nos puede ayudar que hagamos bien las cosas– que las cartas que nos toquen sean buenas. Catalunya no va a ser la fábrica de España que consiguió ser durante el siglo XX, y España no será el destino de las inversiones del automóvil eléctrico que nos han situado como el segundo fabricante europeo. Pero nada nos impide hacer apuestas industriales que, para ser exitosas, deberán tener como eje la sostenibilidad y la digitalización. 

Por poner algún ejemplo, la reconversión de la Construcción en un sector más industrializado, que apueste por la rehabilitación y la reducción de impacto ambiental de la edificación; o el desarrollo de la industria biotecnológica, aprovechando que tenemos alguna empresa puntera con presencia global. Sin olvidar nuestro potencial en industria agroalimentaria. Por supuesto, al hablar de industria me refiero también a todo el sector de servicios cualificados a las empresas que en algunos ámbitos aportan mucho valor añadido. 

Esta opción de reforzamiento industrial no puede plantearse como confrontada a otros sectores económicos, como el Turismo, que han sido claves y pueden continuar siéndolo, si acertamos en su reconversión. Aunque deberíamos asumir una reducción del volumen de su oferta, de su peso económico y del empleo ocupado. La única opción de la que hemos de huir es la de la especialización territorial en monocultivos sectoriales –sea el sector que sea–, porque ya sabemos los riesgos y costes que ello comporta. 

El horizonte global en el que hemos de jugar esta partida está lleno de incertidumbres y vacío de certezas. Desconocemos si se va a acelerar o no el proceso de desglobalización, qué perfil adoptará la batalla geoestratégica entre dos imperios como EUA y China, cómo va a posicionarse la Unión Europea, y que papel jugará. Incluso hay dudas sobre cómo va a evolucionar la crisis de la democracia de los estados nación, y si seremos capaces de regular y gobernar el uso del “Biggest data” como un bien común o lo dejaremos en manos de un Ciberleviatán privado con un poder económico oligopolístico y un poder político incontrolado. 

Lo único que sabemos o deberíamos saber, es que no nos podemos quedar parados a la espera de que escampe. Necesitamos disponer de un proyecto de país que, para tener alguna posibilidad de éxito, precisa de un clima político favorable que ni está ni se le espera. La extrema derecha y la derecha extrema se han visto obligadas a retroceder tácticamente ante el fracaso de su estrategia para derribar al gobierno de coalición, pero permanecen agazapadas para organizar políticamente la rabia de la ciudadanía a la primera oportunidad que se le presente en otoño o invierno. 

                                                        El                                                                        Pxfuel

Eso obliga al gobierno a mimar la concertación social con las organizaciones sindicales y empresariales y a buscar la implicación de las CCAA –imprescindible en un estado compuesto y difícil, en un país donde el motor de la historia es el agravio comparativo–. Pero con estos mimbres hay que arar. 

Una de las claves –no la única– de este proyecto de futuro, es reforzar el peso industrial en nuestra economía. Sin tentaciones de revival nostálgico y siendo conscientes de nuestras limitaciones. No disponemos de empresas centrales de las que controlan productos y mercados y eso nos resta capacidad de decisión; los flujos inversores en la industria ya no se dirigen hacia España como a finales del siglo pasado, y más bien llevan la dirección contraria; el tamaño micro de nuestro tejido industrial no ayuda en un entorno de elevada competitividad; la inversión privada en innovación nunca ha sido nuestro fuerte, y la musculatura fiscal del estado no permite muchas florituras. 

A nuestro favor tenemos algunas cartas que deberíamos saber jugar. Formamos parte de un proyecto europeo que, a pesar de sus limitaciones, continúa teniendo un gran peso económico y ahora parece dispuesto a impulsar una reconstrucción con el eje de la sostenibilidad, la digitalización y la atención a las personas. España debe jugar un papel activo en ese proyecto y ponerse a “chupar rueda” de la UE, por convencimiento europeísta y también por instinto de supervivencia 

Disponemos de una mano de obra muy formada, mucho más de lo que nos reconocemos, aunque sufra las consecuencias de un tejido empresarial que no incentiva salarialmente la formación. Pero necesitamos reforzar la formación ligada a la empresa, y para ello tenemos un referente en Euskadi, aunque no todas las CCAA tienen el mismo entorno. 

Parece que se van a atenuar los incentivos perversos que comporta disponer de abundancia de sol y suelo. Lo que en algún momento ha podido ser visto como nuestro particular “oro negro” han terminado siendo nuestros “excrementos del diablo” en la medida que ha desincentivado la inversión en sectores industriales o de servicios de calidad, para canalizarlo hacia otros que requieren menos inversión y en el que los retornos han sido más jugosos. 

Todo apunta a que esa distorsión va a aminorar y habría que aprovechar la oportunidad para redimensionar la dirección de las inversiones. La reducción del peso económico de sectores como la construcción y el turismo van a liberar recursos inversores que hasta ahora iban a buscar elevadas rentabilidades fuera de la industria. Y las lecciones aprendidas del coronavirus van a promover un cierto proceso de reubicación industrial en Europa de determinados bienes básicos que deberíamos poder aprovechar en España. 

En los próximos años la presión del desempleo va a ser elevada, pero la evolución de la población activa, con menos incorporaciones en las cohortes jóvenes, reduce presión en un proceso en el que en cómputo global se perderán puestos de trabajo. 

Disponemos de más margen y capacidad de lo que en ocasiones creemos, y lo demuestra el hecho que durante la crisis financiera del 2008 y la gran recesión del 2011, España ganó capacidad exportadora y mantuvo su participación en los flujos exportadores a nivel mundial, con un protagonismo importante de la industria. 

Para salir bien parados necesitamos una cierta planificación estratégica, sabiendo que esto no funciona con planes quinquenales, pero tampoco dejándolo todo en manos del mercado. Como siempre en estos casos, las políticas transversales son muy importantes y en el papel las tenemos muy sobadas. Por eso me voy a limitar a citar algunas –pocas– que nunca han tenido demasiado protagonismo. 

Comenzando por los incentivos para aumentar el tamaño de nuestras empresas, con recursos públicos y regulaciones legales –por ejemplo, prohibiendo de nuevo los convenios de empresa “in peius” en relación al convenio sectorial, lo que promueve estrategias de dumping vía externalización productiva–. O priorizando los incentivos fiscales a empresas que acepten jugar un papel tractor de sectores o subsectores con estrategias de cooperación entre ellas. 

Aprovechando los procesos de digitalización que van a producirse en la etapa post-coronavirus, para promover el empleo en zonas pocos pobladas. Para lo que resulta imprescindible mejorar las infraestructuras tecnológicas de las comunicaciones, pero al mismo tiempo garantizar el acceso en condiciones de igualdad a derechos como la salud o la educación. 

Diseñar en el papel una estrategia económica de futuro, no es difícil –el papel lo aguanta todo–. Hacerla realidad es un poco más complejo, porque hay muchos obstáculos a salvar

En los próximos meses y años tendremos que hacer compatible medidas urgentes para salir del impacto del coronavirus y reformas a medio plazo, con lógicas que en ocasiones son contrapuestas, como se confirma en la reconversión del automóvil. 

La mayor dificultad son los costes de transición, como pudimos comprobar con la reconversión industrial de los años 80. Entonces aprendimos que estas transiciones son económicamente caras, duras personalmente, socialmente costosas y territorialmente difíciles. De nada sirve garantizar los ingresos de las personas que pierden prematuramente sus trabajos si no se puede ofrecer empleo para sus hijos ni futuro para su territorio. 

Para abordar este proceso con mínimas posibilidades de éxito, hay dos condiciones que son imprescindibles. Que exista un amplio acuerdo social de hacia dónde nos queremos dirigir como país y que en ese trayecto la Unión Europea nos acompañe y apoye amistosamente. 

No será fácil, nunca lo ha sido, tendremos que navegar en las procelosas aguas del desconcierto y la incertidumbre. No queda otra.