dimarts, 18 de desembre de 2018

PERPLEJIDAD Y DESCONCIERTO

Os dejo el artículo que me ha publicado CTXT con una aproximación a las enseñanzas que podemos extraer de los resultados de las elecciones andaluzas, en lo que tienen de expresión local d'un fenómeno global.

https://ctxt.es/es/20181212/Firmas/23441/Joan-Coscubiela-tribuna-ideologia-politica-Andalucia-Europa.htm


TRIBUNA

Perplejidad y desconcierto

Si se quiere reducir el elevado abstencionismo entre las izquierdas, necesitamos impulsar políticas que reduzcan la desigualdad social y ofrecer un proyecto político de Estado desde una cultura federal de cooperación
JOAN COSCUBIELA

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Banderazo
LA BOCA DEL LOGO
15 DE DICIEMBRE DE 2018
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Así, perplejos y desconcertados nos hemos quedado al conocer unos resultados electorales en Andalucía que nadie, absolutamente nadie, fue capaz de anticipar. Y ese desconcierto me parece el dato más determinante de todos, porque amenaza con instalarse entre nosotros. 
La ciudadanía de Andalucía ha expresado de diferentes formas su malestar e indignación, en ocasiones incluso la ira que sienten y que comparten con otras muchas personas en todo el mundo, ante la gran dislocación de todas las estructuras sociales provocada por una globalización económica, social, cultural que genera desigualdad, inseguridad y desarraigo.  
Y nuestro desconcierto aumenta al tratar de interpretar lo que ha sucedido. Obsesionados con Vox pasamos por alto que la intensidad del impacto de los resultados electorales tiene que ver con los 400.000 votos a ese partido, pero también y mucho con un aumento de la abstención, que ha ampliado el espectro sociológico del “precariado político”, y con la desmovilización del electorado de izquierdas que ha supuesto una pérdida de 700.000 votos en relación a las anteriores autonómicas.  
OBSESIONADOS PASAMOS POR ALTO QUE LA INTENSIDAD DEL IMPACTO DE LOS RESULTADOS ELECTORALES TIENE QUE VER MUCHO CON LA ABSTENCIÓN, QUE HA AMPLIADO EL ESPECTRO SOCIOLÓGICO DEL “PRECARIADO POLÍTICO”
Son efectos distintos, pero a mi entender tienen un mismo hilo conductor, compartido además con reacciones muy parecidas en otros lugares del mundo. Mientras unos sectores sociales –en general los más acomodados o los que tienen una mayor percepción de riesgo– lo han canalizado participando activamente en las elecciones y expresando su indignación con el voto a Vox, al que han considerado el partido que mejor representa el combate contra todo lo que temen o aborrecen, otros –especialmente los de rentas más bajas y más afectados por la desigualdad social– lo han expresado desentendiéndose de las elecciones. Es en esa combinación de activismo electoral de unos e inhibición de otros donde reside la clave del gran impacto político de estas elecciones, que no se puede explicar solo con el desembarco de Vox.  
Si desde las izquierdas se quiere acertar en la respuesta es importante entender toda la complejidad que expresan los resultados de las elecciones andaluzas, salvo que queramos conformarnos con la consigna fácil que solo sirve para eludir responsabilidades propias, cohesionarse en la derrota, consolarse con la épica y poca cosa más. 
Nuestra dificultad para entender se explica por la tendencia a buscar respuestas simples a realidades complejas. Una tentación que aumenta cuanto mayor es el desconcierto. Quizás por eso estamos atrapados, discutiendo sobre si en Andalucía hay o no 400.000 fascistas o intentando buscar una sola explicación –contraponiendo unas a las otras– o debatiendo sobre la importancia de los factores económicos y los culturales-identitarios. Por supuesto, con el conflicto catalán como gran protagonista de muchas explicaciones.
El desconcierto es aún mayor cuando se trata de decidir sobre la respuesta más adecuada. Desde el frente antifascista, el cordón sanitario o la normalización de Vox, todas estas respuestas cometen el mismo error, giran únicamente alrededor de este partido, con lo que pueden contribuir involuntariamente a su consolidación. Y se ignoran otros datos muy importantes, entre ellos las causas de la gran desmovilización del electorado de izquierdas.  
Para acercarnos a un buen diagnóstico deberíamos asumir la complejidad de la situación y rehuir respuestas únicas, fáciles y simples. Y para conseguirlo quizás, solo quizás, nos sirva el símil de los incendios forestales y debamos distinguir entre las causas, los detonantes y los aceleradores de este “incendio” político. 
En la aparición de una fuerza nacional populista de extrema derecha como Vox encontramos algunas causas que también están en el origen de la elevada abstención del electorado de izquierdas y que compartimos con procesos similares en muchos otros países. La globalización sin gobernanza política está generando inseguridad y miedo en amplios sectores de nuestras sociedades. Por sus consecuencias económicas, en forma de desigualdad social o simplemente de perdida de perspectivas de bienestar. Por las consecuencias sociales, en la medida en que los procesos migratorios nos traen a las puertas de casa la brutal desigualdad social y sus consecuencias en términos de convivencia. Y están dando a luz a sociedades más mestizas, postnacionales, en las que aumentan las personas no nacionales, excluidas de los derechos políticos que en cambio son destinatarias de los miedos de los que sí votan.
LA GLOBALIZACIÓN SIN GOBERNANZA POLÍTICA ESTÁ GENERANDO INSEGURIDAD Y MIEDO EN AMPLIOS SECTORES DE NUESTRAS SOCIEDADES
La homogeneización cultural que genera la globalización juega también su papel en el desconcierto y la inseguridad que sienten muchas personas y que les lleva a recluirse en lo conocido. Quizás sirva escuchar las razones que han llevado a estas personas a abrazar a Vox y recordar el papel jugado históricamente por la familia, la tribu, la religión y la nación en la construcción de espacios de “seguridad”. Los humanos buscamos refugio en ellas cuando nos sentimos perplejos e inseguros y queremos combatir todo aquello que erosiona nuestras certezas y convicciones ancestrales, nuestro entorno de seguridad.  
Entre las causas profundas de este incendio hay también factores propios de nuestro país. Los cambios producidos en el ámbito de los derechos civiles, en relación a la mujer y la diversidad sexual, han sido espectaculares por su intensidad y su rapidez y no toda la sociedad los está encajando de igual manera. En ocasiones se nos olvida o ignoramos que hasta hace 40 años en España el adulterio de la mujer era penado con la cárcel, no así el del marido, salvo que fuera amancebamiento en casa propia. O que el ejercicio de determinados derechos civiles de las mujeres estaban tutelados primero por el padre y luego por el marido. Y que durante años la homosexualidad estuvo incluida en el concepto de “peligrosidad social” penado legalmente hasta pocos días después de aprobarse la Constitución de 1978.  
Estas son a mi entender algunas de las causas profundas, lo que siguiendo con el símil de un incendio forestal sería tener el bosque descuidado, lleno de maleza o de restos dispuestos a actuar de combustible. Causas sobre las que debemos fijar nuestra atención si queremos reducir el riesgo de que se instalen entre nosotros y provoquen constantes recidivas. 
Entre los factores detonantes de este incendio político podemos identificar el hartazgo en relación a la corrupción o el cansancio por 38 años de gobierno del mismo partido. Aunque todo apunta a que el conflicto catalán ha jugado un lugar privilegiado como detonante. No creo que existan dudas de que los hechos producidos en los últimos tiempos en Catalunya, su enconamiento, la incapacidad de gestionarlos políticamente, también la manera en que han sido comunicados por un periodismo de trinchera –usando palabras de Antoni Puigverd– y vividos por la ciudadanía en el resto de España han sido el principal factor detonante de la aparición en estos momentos y con esta fuerza de Vox. El independentismo unilateralista ha actuado como elemento aglutinador de una reacción de nacional populismo patriótico en España. Negarlo, como algunos hacen en Catalunya, es tan ciego como negar que la mutación constitucional centralizadora auspiciada por Aznar y la agresiva actitud del PP han actuado durante estos años como detonante del crecimiento del independentismo.  
No descubro nada nuevo, los nacionalismos excluyentes tienen tendencia a retroalimentarse y propician una agenda política en la que los partidos y la sociedad se sitúan en los extremos y, dentro de cada extremo, en su esquina más escorada. Pero una cosa es que el independentismo unilateral haya actuado como factor detonante y otra muy distinta es adjudicarle el papel de causa única en el desembarco de Vox. No olvidemos que el crecimiento del nacional populismo de extrema derecha es un fenómeno mundial y que se produce en países en los que el riesgo de fractura territorial no existe.  
Además de las causas y los detonantes hay otros factores que han actuado como aceleradores del incendio y de su virulencia en términos políticos. El papel que en los incendios forestales juegan las altas temperaturas o los fuertes vientos, en las elecciones andaluzas lo han jugado unos aceleradores políticos y otros mediáticos.  
EL PAPEL DE AZNAR PRESENTÁNDOSE COMO LA SANTÍSIMA TRINIDAD DE LA DERECHA Y LEGITIMANDO A VOX PUEDE HABER JUGADO UN PAPEL CLAVE
La actitud del PP y Ciudadanos, normalizando los discursos de Vox hasta el punto de incorporarlos a su oferta política ha sido determinante. Y el papel de Aznar, con su gran predicamento en estos sectores, presentándose como la Santísima Trinidad de la derecha y legitimando a Vox puede haber jugado un papel clave. Pero, si ha habido un efecto multiplicador, este ha sido el clima de crispación que reina en el país, que se ha convertido en el mejor caldo de cultivo para que la indignación se convierta en rabia e incluso en ira. Alimentar la crispación es la estrategia seguida en todo el mundo por el nacional-populismo de extrema derecha. Saben que este clima de tensión incentiva la hiper-participación de unos y la inhibición de muchos. 
La influencia de los medios de comunicación no ha sido menor como acelerador del crecimiento de Vox. La fuerte competencia empresarial entre los medios, en algunos casos por la supervivencia económica, la estructura de financiación de los medios digitales, la batalla constante por la audiencia, la tendencia cada vez mayor al espectáculo que requiere estar siempre prestando atención a la última novedad y a la moda más reciente, han suplido con creces la ausencia de Vox en los debates electorales, en los que además las otras fuerzas políticas se empeñaron en convertir en protagonista a un partido que no estaba presente.  
El papel de los medios de comunicación en la polarización de los debates y en la fractura de la sociedad es uno de los aspectos clave del momento que estamos viviendo y lo es también a escala global. Mucho más a partir de su interacción con las redes sociales, un espacio que estaba llamado a jugar un papel determinante en la democratización de la información y que, de momento, actúa como un acelerador de la crispación, de las burbujas comunicativas. Redes sociales en las que la inmediatez dificulta la reflexión e incentiva el simplismo, facilita la confrontación y desincentiva la búsqueda de espacios de encuentro. Medios y redes están jugando un papel determinante en la creación de burbujas mediáticas en Catalunya y también lo han sido en las elecciones andaluzas.  
No se trata de informar o no informar sobre Vox, se trata de ver cómo, desde algunos medios, se impone una determinada agenda que contribuye a la polarización y al tratamiento irracional de nuestros conflictos. Lo explicó el periodista Pedro Vallín en un lúcido hilo en twitter, poco después de la Asamblea de Vox en Vistalegre. Las informaciones alarmistas sobre las llegadas de inmigrantes a nuestras costas, la constante aparición de delitos en los programas informativos –sin explicar que España tiene uno de los índices de delitos graves más bajo del mundo–, las informaciones sobre la supuesta impunidad judicial de los delincuentes o el tratamiento informativo del conflicto catalán ofrecen unos relatos que son terreno abonado para el crecimiento de determinadas ideologías. Refuerzan las audiencias pero debilitan la democracia.    
El desconcierto en el diagnóstico se expande hacia el terreno aún más complejo de las respuestas. De entrada, deberíamos asumir –no significa resignarse– que estos comportamientos de la ciudadanía –insisto en su diversidad y complejidad– han venido para quedarse, porque tienen bases profundas y el viento de las tendencias globales sopla a su favor. Por eso deberíamos rehuir de las respuestas tácticas e intentar que las luces largas nos permitan ver a distancia. No hay formulas mágicas pero sí podemos identificar algunas estrategias que nos permitirían hacer de cortafuego o contrafuego y otras que solo conseguirían avivar el incendio. 
Lo más importante y urgente es reducir el nivel de crispación, de polarización social y política. En este clima, sobre todo si el conflicto se articula sobre factores identitarios, el nacional-populismo de extrema derecha lleva siempre las de ganar. 
Por eso me parece una irresponsabilidad la estrategia de radicalizar propuestas y acciones puesta en marcha por algunos sectores del independentismo. Expresan impotencia, son cada vez más minoritarias y residuales, pero tienen un impacto emocional muy fuerte, sobre todo por la manera en que son vividas, a través de los medios de comunicación y las redes sociales, en el resto de España. Y por la misma razón me parece necesario apoyar todas las iniciativas que pretendan reducir la polarización, buscando puntos de encuentro aunque sea desde posiciones de partida muy distantes. Soy consciente que, en unos momentos en que se ha demonizado el acuerdo y los consensos y la confrontación está sobrevalorada, este planteamiento puede ser tachado de ingenuo, pero en la política como en la vida ciertas dosis de ingenuidad controladas son imprescindibles.  
No solo es en el terreno del conflicto catalán en el que necesitamos rebajar el clima de crispación. Las propuestas de crear frentes antifascistas me parecen un regalo a Vox. Y ello no significa que no debamos ser muy contundentes en la respuesta a los retrocesos que en materia de derechos civiles y políticos propicia el nacional- populismo de extrema derecha. Pero nuestra respuesta no debería producirse en su terreno predilecto, que es el de la polarización y la crispación que actúa como un factor acelerador de su crecimiento. Combatir las propuestas de Vox no pasa por demonizar a sus votantes, a los que se les refuerza en su sentimiento de autodefensa –una de las claves de su éxito– y hace de este partido el lugar donde refugiarse de lo que consideran una agresión a ellos y sus valores y les refuerza su autoestima personal y colectiva. Los frentes sirven para dar satisfacción a los más activistas, pero difícilmente movilizan a la mayoría ni propician la participación de los abstencionistas.
HACE FALTA UN PROYECTO PARA RECONSTRUIR EL CONTRATO SOCIAL Y DEMOCRÁTICO, TAPONANDO SUS DOS GRANDES VÍAS DE AGUA, EL CRECIMIENTO BRUTAL DE LAS DESIGUALDADES Y EL AGOTAMIENTO DEL MODELO AUTONÓMICO DEL 78
Si se quiere reducir el elevado abstencionismo entre el electorado de izquierdas, necesitamos impulsar políticas que reduzcan la desigualdad social y ofrecer un proyecto político de Estado que desde una cultura federal de cooperación sea una alternativa al conflicto entre nacionalismos excluyentes. No basta con alegatos genéricos al diálogo, a la convivencia y a la democracia. Hace falta un proyecto que apueste por reconstruir el contrato social y democrático de los últimos años, taponando sus dos grandes vías de agua, el crecimiento brutal de las desigualdades y el agotamiento del modelo autonómico de 1978. Las izquierdas necesitan ofrecer urgentemente un proyecto federal que no sea solo música y atreverse a defenderlo en toda España. Un proyecto que debe construirse de manera cooperadora, porque en escenarios políticos cada vez más troceados la clave para el avance de las izquierdas es optar por una actitud de competitividad cooperadora. 
Como esta carrera no es de distancias cortas, sino más bien de ultra-maratón, es importante también ofrecer horizontes de utopías realizables, aunque hoy nos resulten muy lejanas. Las necesitamos si queremos presentar alternativas a las únicas utopías disponibles, utilizando las palabras de Marina Subirats, que en muchas ocasiones son verdaderas distopias. Frente a los que para oponerse a una globalización que perciben como causante de sus males, nos proponen encerrarnos y competir entre nosotros, debemos poner en valor la cultura de la cooperación, con Europa como protagonista. Construir un demos europeo deviene ya urgente y este no vendrá de la mano de las identidades, un terreno en el que los valores nacionales son muy potentes e imbatibles, sino de los derechos. Imaginar una utopía cotidiana y accesible, como la creación de una Renta Garantizada de Ciudadanía debería formar parte de este horizonte.  
Reforzar la democracia frente a quienes quieren liquidarla como espacio de igualdad, de derechos y libertades comporta entender que las desigualdades actúan hoy como la gran termita del sistema democrático y que en su seno no pueden existir zonas oscuras. Por eso deberíamos abordar el gran reto de las sociedades post-nacionales. Los flujos migratorios están configurando sociedades en las que un número creciente de sus ciudadanos, mayoritariamente jóvenes, no disponen de derechos políticos y con ello crece el número de excluidos electoralmente, en este caso forzosos. Consolidar guetos de personas que forman parte de la sociedad en todos sus ámbitos, pero que no disponen de derechos políticos y en cambio son receptoras de los miedos de quienes sí votan, puede tener consecuencias dramáticas. Transitar de sociedades en las que se accede a los derechos por la condición de nacionalidad a otra en la que lo determinante sea la ciudadanía deviene una urgencia social y democrática, que debiera ser uno de los objetivos de una política común de la Unión Europea. 
Reforzar la democracia también pasa por encontrar un equilibrio entre la crítica y la deslegitimación. La constante impugnación de las instituciones democráticas incentiva la abstención social y política. Tiene lógica que esta estrategia se auspicie desde determinadas ideologías, incluso desde el poder y las élites económicas –el caso de Trump es muy ilustrativo– pero es contraproducente si se alimenta consciente o inconscientemente desde los que precisamos que las personas que más necesitan de la política no se desentienda de ella. 
Por supuesto para que estas estrategias tengan la más mínima viabilidad es vital invertir la tendencia de los medios de comunicación y de las redes sociales. No es fácil, porque las fuerzas, intereses y dinámicas que propician la actual situación son muy fuertes y están muy instaladas, pero es imprescindible. En todo caso, aceptar la complejidad de todo lo que estamos viviendo y huir de respuestas fáciles y simples, creo que es la mejor manera de comenzar a construir las respuestas. 
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Joan Coscubiela es sindicalista y político.

AUTOR 

  • Joan Coscubiela

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