dimecres, 6 de gener de 2016

EL MANDATO DE LA CIUDADANIA

En amplios sectores de la opinión publicada se ha instalado la interpretación de los resultados del 20D como un mandato de la ciudadanía a los partidos para que acuerden y pacten. Según este análisis, esa es la explicación de unos resultados que no otorgan mayoría suficiente a ningún partido.

No comparto esta interpretación, en unos casos bienintencionada y en otros bien interesada, de los resultados. Y no porque discrepe de la necesidad de acuerdos. La política como la vida es o debería ser una combinación inteligente de conflicto y acuerdo.

El pacto deviene difícil, si no imposible, porque no forma parte ni de nuestra cultura ni de nuestras practicas recientes. No olvidemos que hasta esta legislatura los pactos no han sido necesarios para gobernar. Nuestro sistema electoral, que se presentó como garantía de estabilidad de una democracia débil, ha terminado siendo un mecanismo para garantizar el turnismo bipartidista del siglo XX. Incluso los acuerdos de PSOE y PP con CiU o PNV han sido más compromisos de autarquías mutuas que pactos de gobernabilidad.

Pero no todo es responsabilidad de la política y del sistema electoral. La ciudadanía con su comportamiento ha contribuido y mucho a la configuración de este escenario. La ciudadanía al votar lo hace con una clara voluntad de que su idea de sociedad, las propuestas que vota se impongan a las otras y se impongan en su totalidad, sin matices ni condicionantes.

La idea del pacto como traición es más fuerte que la idea de pacto como aceptación de las limitaciones propias y ajenas. Y no solo en el espacio político. Quizás porque el valor de la competitividad sea hoy más potente que el de la cooperación. Aunque para ello deba negarse que el equilibrio entre competencia y cooperación ha sido el gran hilo conductor de la humanidad.

Esta es creo la razón de la gran dispersión de voto y opciones electorales. Ni la ciudadanía ni la política queremos reconocer las limitaciones, cuando no la impotencia de la política para afrontar el poder cada vez más creciente de una economía y mercados globalizados.

Los humanos estamos poco preparados para aceptar nuestras limitaciones y menos para afrontar la frustración que supone la limitación de nuestras capacidades.

A ello contribuye que la tradicional estructuración del voto en un solo eje, el social, que en el caso de Catalunya siempre ha ido acompañado del eje nacional, ha adquirido mayor complejidad con la aparición de nuevos ejes, el que gira alrededor del binomio viejo/nuevo o el que se articula en relación al debate sobre más o menos Europa. Sin olvidar el eje no menos importante, de desarrollismo versus sostenibilidad

Les sugiero que hagan un ejercicio de cruzar todos estos ejes entre sí y los trasladen a la política española o a la más compleja política catalana. El resultado de esta complejidad es el de la aparición de una multiplicidad de espacios y opciones políticas. Y sinceramente no creo que existan tantas opciones o soluciones para abordar el gran reto del siglo XXI, que es la recuperación para la ciudadanía de la soberanía frente a los poderes de una economía y unos mercados globales.

Pero el problema no es la existencia de muchas opciones, que podría ser un signo de vitalidad política. Lo que complica la política de acuerdos pre y postelectorales es que muy pocas de estas opciones se sitúan en el escenario de buscar la transversalidad, de buscar los espacios comunes o que puedan llegar a ser compartidos.

Más bien al contrario, se produce un enquistamiento en el espacio propio, que en la medida que es la resultante de cruzar estos ejes diferenciadores resulta ser un espacio político a la par pequeño y excluyente. Y ello se produce no solo entre partidos, sino en el interior de los tradicionales partidos de amplio espectro o en las nuevas coaliciones.

El menosprecio a una propuesta transversal como la del referéndum que puede hacer de puente entre posiciones que hoy se presentan como incompatibles es un ejemplo. Como lo es también la dificultad de construir una lectura compartida de la transición y el Pacto Constitucional de 1978, que es imprescindible para llenar de contenido concreto y compartido la propuesta de Proceso Constituyente.  Sin olvidar la complejidad de la apuesta por la convivencia entre “lo viejo” y “lo nuevo” en los procesos de confluencia que están intentando sumar espacios, derribando muros.

De nuevo podemos responsabilizar en exclusiva a la política institucional, pero todo apunta que en la construcción de este escenario juegan un papel muy importante los ciudadanos y quienes de manera muy activa contribuyen a configurar su opinión y estado de ánimo, los medios de comunicación. .

De una lado la ciudadanía busca opciones que le den el máximo de seguridad frente a la incertidumbre de un mundo global. Y ya se sabe que para la condición humana la seguridad siempre viene de la mano del simplismo y no de la complejidad.

Y de otro, la seguridad en estos tiempos de incertidumbre va muy unida al reforzamiento del individualismo. A la ciudadanía solo le ofrece seguridad aquellas opciones que coinciden plenamente con su pensamiento y estado de animo.

En algunas ocasiones he tenido la percepción que vivimos en una sociedad en que cada ciudadano quiere una opción política hecha a su medida y al estado de animo de cada momento. Quienes hayan vivido o simplemente seguido de cerca la vida política catalana, pueden entender mejor a que me refiero.

En este escenario los últimos procesos electorales aportan alguna novedad que es signo de esperanza, siempre con las suficientes dosis de lúcido escepticismo.

Se resquebrajan algunas opciones que han apostado por los conflictos de bloques. Y ha aparecido de manera incipiente una reflexión en el discurso político que tiene mucha potencialidad. La que identifica la diversidad no como un problema, si no como una potencialidad.


Ojalá estemos transitando de la “destrucción creativa” a una nueva etapa de “diversidad creativa”.

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